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Pop Art
Vicente Hernández | Pop Art pintura
Arte que combina colores, formas y materiales con un estilo Pop Art atemporal.
Vicente Hernández
Castellón, 1968
Pintor y diseñador
Una percha, unas pinzas de ropa, un sombrero o un juego de cuchillos. Un Volkswagen escarabajo clásico, una cámara de fotos Leica, una radio Bang & Olufsen, una armónica Lee Oskar o granos de cola Jowat. Arquitecturas de Mies Van der Rohe y Marcel Breuer o la silla LC4 de Charlotte Perriand. Aceitunas, un plato de altramuces y cacahuetes, un pimiento rojo o un maletero lleno de bananas. Una sargantana de Formentera, una estrella de mar o una cebra en el Kilimanjaro. Unas piernas largas con tacón. Un veguero en Pinar del Río o un astronauta del Apolo 11 flotando sobre una pintura rupestre de la Valltorta. Y muchos retratos. Como el de Le Corbusier, pero sobre todo de seres queridos.
Una mirada que atraviesa, con muy pocos trazos, en blanco y negro.
Una mirada pulcra. De ida y vuelta.
Vicente Hernández otorga idéntica dignidad poética y solemnidad a los objetos más cotidianos que a iconos culturales, a fauna salvaje que a personas, a miradas, en un mismo plano de relevancia simbólica. Tanto en sus inicios más coloristas como en la actualidad, más de blanco y grises.
Bebiendo de la pura observación, de cerrar el plano, de la descontextualización.
De viajes y de fotografías de viajes. De las materias primas.
De la sustancia.
Bebiendo, por encima de todo, de la amistad. Del amor y el cariño. De las largas sobremesas. De la gratitud en forma de acrílico sobre lienzo.
Para terminar destilando pop art icónico y atemporal.
Vicente Hernández
Castellón, 1968
Painter and Designer
A hanger. Clothespins. A hat. A set of knives. A classic Volkswagen Beetle. A Leica camera. A Bang & Olufsen radio. A Lee Oskar harmonica. Jowat adhesive granules. The architecture of Mies van der Rohe and Marcel Breuer. The iconic LC4 chaise. Olives. Lupini beans and peanuts. A red pepper. A trunk overflowing with bananas. A Formentera lizard. A starfish. A zebra beneath Kilimanjaro. Long legs in high heels. A Cuban tobacco farmer in Pinar del Río. An Apollo 11 astronaut suspended above prehistoric cave paintings. And portraits. Le Corbusier. But above all, the faces of those he loves.
A gaze that cuts through with the fewest possible strokes — black and white.
Precise. Uncompromising. A gaze that moves both ways.
Vicente Hernández grants the same poetic gravity to the everyday as to cultural icons. To wildlife and to human presence. To objects and to glances. Everything exists on the same symbolic plane. From his early, color-saturated works to his current language of whites and restrained grays, his practice is rooted in close observation — tight framing, decontextualization, radical focus.
It draws from travel — and from photographs of travel. From raw materials.
From substance.
But above all, it draws from friendship.
From love. From long conversations that stretch past the table.
From gratitude translated into acrylic on canvas.
Distilled into iconic, timeless pop.
